-Buenas tardes, soy Salvador Puig, de la Inspección, ¿podría hablar con Antonio o Adelina Antúnez?
Esta presentación atrajo un silencio denso al interior del bar, y mientras Adelina se estiraba el delantal y la chica gato se metía más y más dentro de su taza, un sudor frio y grasiento comenzó a mojar la frente ancha de Salvador Puig, el inspector de sanidad, y un movimiento impulsivo de los labios, un tic heredado de su hermana Sara, le empezaba a convertir en Salva, el chaval de chamberí, gordito y con granos con el que nadie quería jugar al fútbol.
-Yo soy Antonio- contestó detrás de la barra sin dejar de secar vasos- ¿Qué quiere?
-Venía a hacer la inspección de rutina- el tono seco de Antonio no había mejorado su estado de nervios y mordía el puro tratando de esconder le tic de los labios- me encantaría que me enseñaran toda la documentación, y la cocina, y la salida de humos…
La chica gato escapó de su rincón sin hacer ruido, bordeando al orondo inspector sin rozarle. Adelina se agachó para coger una carpeta de cartón azul con las gomas pasadas y se la acercó a Salvador diciendo:
-Aquí están todos los papeles, siéntese y los va revisando que en seguida le acerco un café o lo que quiera.
Salvador se sentó, aliviado ante el primer signo amistoso desde que había entrado y dispuesto a hacer lo que de verdad se le daba bien. Las cuentas.