Salvador

-Buenas tardes, soy Salvador Puig, de la Inspección, ¿podría hablar con Antonio o Adelina Antúnez?

Esta presentación atrajo un silencio denso al interior del bar, y mientras Adelina se estiraba el delantal y la chica gato se metía más y más dentro de su taza, un sudor frio y grasiento comenzó a mojar la frente ancha de Salvador Puig, el inspector de sanidad, y un movimiento impulsivo de los labios, un tic heredado de su hermana Sara, le empezaba a convertir en Salva, el chaval de chamberí, gordito y con granos con el que nadie quería jugar al fútbol.

-Yo soy Antonio- contestó detrás de la barra sin dejar de secar vasos- ¿Qué quiere?

-Venía  a hacer la inspección de rutina- el tono seco de Antonio no había mejorado su estado de nervios y mordía el puro tratando de esconder le tic de los labios- me encantaría que me enseñaran toda la documentación, y la cocina, y la salida de humos…

La chica gato escapó de su rincón sin hacer ruido, bordeando al orondo inspector sin rozarle. Adelina se agachó para coger una carpeta de cartón azul con las gomas pasadas y se la acercó a Salvador diciendo:

-Aquí están todos los papeles, siéntese y los va revisando que en seguida le acerco un café o lo que quiera.

Salvador se sentó, aliviado ante el primer signo amistoso desde que había entrado y dispuesto a hacer lo que de verdad se le daba bien. Las cuentas.

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La calle Malespina

El primer día de Abril, le saludó con un tibio sol que calentaba su piel bronceada de la vida a la intemperie. La calle Malespina se encontraba a una buena media hora andando, pero sabía que el paseo le ayudaría a terminar el blues que le martilleaba las sienes tratando de salir, pero que, como Penélope, olvidaría esa misma noche para componerlo de nuevo al día siguiente.

La gente que se cruzaba por la calle iba mirando al suelo, o con la mirada perdida en los problemas a los que se tendrá que enfrentar a lo largo del día y sólo un niño, que corría arrastrado por su madre camino del colegio, se fijó en los dos gorriones que volaban al unísono en una danza de amor que los demás habían olvidado. Él iba mirando a la gente. Sus gestos, sus miradas, los besos fugaces que ansiaban una vida más larga.

Sin darse cuenta llegó a la calle Malespina, donde unos operarios municipales levantaban el adoquinado dirigidos por un jóven con unas grandes gafas y una chaqueta demasiado grande para su escaso cuerpo. Se puso a unos 50 metros del lugar, tan cerca como para no pasar desapercibido y lo suficientemente lejos como para que el ruido de los aparatos de excavación no le molestasen. Sacó su gitarra de la vieja funda que colocó frente a sus pies y se sentó en el suelo mientras afinaba las cansadas cuerdas de su guitarra.

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Blues

Las palabras resonaban en su mente buscando las notas que las mecieran y sus dedos recorrían un mástil imaginario mientras un riff generoso las acompañaba. Todos los días veía a la chica gato entrar en el bar y jugar esa extraña batalla con Antonio. Sabía que esas miradas sólo podían escribirse en clave de blues. Y  todavía no había escuchado un blues alegre.  Se terminó la cerveza de un trago, dejó el periódico sobre el marmol y con un sólo gesto Antonio le paso su guitarra dentro de la funda raída. Hoy iría a la calle Malespina, al menos estaría llena de mirones y algo acabaría cayendo en sus bolsillos.

Antes de salir le regaló a Adelina otra de sus grandes sonrisas. Eso sí que era un blues. ¿Pero que coño puede ofrecer un cantante callejero de treinta y tantos a la dueña de un bar?  Con el rabillo del ojo descubrío su sonrisa triste y salió cabizbajo chocandose levemente con el señor trajeado que entraba con un puro apretado entre los dientes.

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both…

Ambos sabían de sus pasiones cruzadas…

Ambos se censuraban…

Ambos se reprochaban…

Ambos se vigilaban…

Ambos ahogaban las palabras en cruces ardientes de miradas…

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la chica gato

Como siempre, sin hacer ruido, sigilosa, casi imperceptible; la chica gato se sentó en el taburete más alejado de la barra.

Antonio sentía una extraña mezcla de ternura e inquietud cuando se asomaba a los ojos de aquella mujer. Siempre la atendía él. Preparaba su café solo, sin azúcar y sin intercambios. Ella no le miraba.

Lentamente removía la cucharilla en el café trasladando los terrones de azúcar imaginarios en una danza arbitraria y equívoca.

Luego, despacio, arrimaba sus labios finos al vaso humeante y acababa el ritual.

Él sabía que entonces le miraría. Sólo un instante. El suficiente para llevar sus ojos prendidos junto al alfiler de su corbata-siempre demasiado gris, demasiado escueta- para el resto del día.

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2

Adelina llegó poco después, azorada, con un par de bolsas del supermercado ahorcándose en las palmas de sus manos, la blusa medio desabrochada y unas tímidas gotas de sudor asomando entre sus encantos y las sienes doradas por el sol. Entró por la esquina de la barra en un gesto mecánico que él gustaba de mirar de reojo y a Antonio le desesperaba. Dejó las bolsas a un lado y se ató a la espalda medio delantal de cuadros menudos, sin detenerse a respirar el aliento escaso. Cortó un generoso pincho de tortilla y lo calentó un minuto en el microondas grasiento, con gesto de reprobación. No hubo casi sonado el timbre de los 60 segundos cuando, tapa, tenedor y pico de pan, acompañaban a la cerveza del asiduo. 

Él le regaló media sonrisa sin esconderse, desafiándola con la mirada. Adelina la mantuvo un instante, una décima de segundo, no más, hasta que sintió un tibio rubor subiéndole a las mejillas en oleadas. Bajó la vista, disimulando, se estiró la ropa ahuecando redondeces y siguió su quehacer evitando la furia de su hermano Antonio sin mediar una palabra.

Debe ser la primavera…“-se repitió para sus adentros.”Debe ser la primavera…

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Principios

Era alto y desgarbado y su figura imponía cierto respeto a los niños por la calle sin conseguir acallar una risita cuando desaparecían a su espalda. Nunca había sido listo ni guapo, pero nada impedía que una sonrisa franca iluminara su rostro cada vez que te saludaba. Y él siempre saludaba. Una extraña cicatriz recorría su cuello desde la oreja derecha hasta la pequeña concavidad de la clavícula y cuando algún chaval más valiente que sus compañeros se atrevía a preguntar por su causa, él siempre inventaba una historia con lobos, tigres e incluso tiburones como protagonistas. Después les regalaba una de sus sonrisas y seguía caminando con esos pasos irregulares y desacompasados por culpa de esa pierna tan solo un centímetro más larga.

Llegó al bar y saludo al camarero que le sirvió una cerveza fría antes de que la pidiera y sin cruzar palabra empezó a beber directamente del botellín mientras ojeaba el periódico de la mañana. Las noticias eran parecidas a las del día anterior y no decían demasiado de las cosas importantes, o al menos eso pensaba, así que continuó hasta las noticias locales, donde algo consiguió llamar su atención.  Habían encontrado dos doblones de oro en la calle Malespina escondidos bajo el adoquinado.

– Parece que al fin y al cabo no había arena de playa- Sus palabras salieron sin estar dirigidas a nadie en particular y Antonio, el camarero le miró sin hacerle demasiado caso.

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